Una aventura en verso
de amor, humor, enredo y magia

Una aventura en verso de amor, humor, enredo y magia

Un trovero trovando la trova con trabas

Este sofisticado y a veces atribulado personaje ejerce en nuestra historia el oficio de poeta por encargo. Su aspecto físico es soberbio, a juicio de Pero, su más rendido e incondicional admirador (en sus palabras, “ancho como un ropero”). Por ello no es de extrañar que inmediatamente se convierta en objetivo sentimental del primogénito de la condesa viuda de Mata.

En principio, nuestro trovero es un profesional modélico en lo suyo: su único interés es desarrollar su arte en el grado más sublime para obtener la satisfacción total del cliente. Mas, por circunstancias del encargo, debe hacer este trabajo bajo una fuerte presión: las pretensiones amorosas de Pero, que se confiesa cautivado hasta el éxtasis por su demoledor atractivo. La relación entre estos dos personajes es un magnífico recurso, que la autora aprovecha sacando a la luz algunas de las situaciones más divertidas (a veces hilarantes) de que podemos disfrutar en la obra.

Como ocurre con otros personajes de esta historia, Eminoldo está trabajado para ajustarse al perfil real que tendría en su época: hablamos de la figura del trovero. Tenemos la sospecha de que Águeda escogió este término para el poeta por razones estéticas, aunque la denominación más común sería la de “trovador”. Pero “trovero” y “trovador” no son en realidad sinónimos:  ambos términos se acuñan originalmente en Francia, pero mientras que el “trovador” (trobadour) era el poeta que escribía en idioma provenzal del sur de Francia, el término “trovero” (trouvère) se reservaba para los que usaban la “langue d’uí”, dialecto romance hablado en el norte.

Existen otros dos oficios de la época que se confunden habitualmente con éstos, pero son claramente distintos porque no se dedican a componer, sino a interpretar: el “juglar” (profesión que el propio Pero atribuye errónea y obstinadamente a nuestro trovero) es un artista ambulante que, a cambio de dinero o comida, ofrece su espectáculo callejero en lugares públicos, aunque también es requerido a veces por los nobles en sus fiestas. El “ministril” es también intérprete, pero en este caso es ayudante a sueldo de caballeros de la corte que componían trovas por amor al arte, pero a su vez les daba corte interpretarlas (este perfil de noble con inclinaciones artísticas y miedo al ridículo era quizá más frecuente en el Reino Unido, donde se les conocía como “minnesingers”).

        

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